Este primer cuadro importante de Jacanamijoy celebra la resiliencia y la continuidad de la creatividad indígena, utilizando la silueta de un sebucán —utensilio tradicional para procesar la yuca— como un símbolo de unión que trasciende fronteras étnicas. A través de esta propuesta de afirmación y vitalidad, el pintor enaltece la cultura ancestral de su pueblo desde una perspectiva propia, abriendo un camino de orgullo cultural que prescinde de la iconografía precolombina tradicional y de la anécdota folclórica.